jueves, 11 de febrero de 2021

Venezuela vive una implosión ética

    Hay palabras que, por manoseadas, tienden a perder su impacto y gravedad, al menos en el imaginario colectivo. Hay términos que, aunque de significado opuesto entre ellos, se emplean con una frivolidad e irreflexión escalofriante: muerte o vida, guerra o paz, corrupción o decencia, parecieran lo mismo, y conviven holgadamente en el léxico de la gente común como en la actuación pública de líderes de opinión y de jerarcas del poder, desde los más encumbrados hasta quienes detentan los cargos más modestos. Esto es, apenas, un síntoma de la elasticidad ética y el relativismo moral que hoy prevalecen.   

Luis M. García P.


    La crisis venezolana –económica, política y social- tiene raíces morales muy  profundas cuyo origen pocas veces enunciamos con sinceridad, so pena de que, cada uno de nosotros deba incurrir en un mea culpa, compartido colectivamente desde hace mucho tiempo.

    El desplome y desmoronamiento del país es un hecho que ni la mayor miopía social puede obviar. Ante esto, tirios y troyanos esgrimen los argumentos de los que pueden echar mano: el bloqueo y las sanciones, por una parte, intentan justificar la situación, mientras que desde la otra acera se exponen la impericia, incompetencia y el autoritarismo como causas de la acentuada crisis que padecemos. Ambos son apenas análisis parciales y sesgados. 

  Si algo caracteriza a este tiempo histórico, tanto en nuestro país como en el mundo, es el postmodernismo, época sumida en la confusión ideológica y el relativismo moral. Numerosos eventos retan, hoy por hoy, nuestra capacidad de asombro, y para muestra un botón: un gobierno socialista que dolariza la economía, o un país petrolero, con las mayores reservas de crudo del planeta, que debe importar gasolina. A veces, en estos días, la realidad supera a la ficción.

   En medio de este coctel de situaciones ambivalentes y de un discurso cada vez más confuso están los hechos, cotidianos, aparentemente irrelevantes, pero constitutivos, en suma, en la génesis y desarrollo de nuestra crisis de valores:

  Cuando un ciudadano desatiende la luz roja del semáforo y millones como él lo hacen; cuando alguien paga un “”extra” por obtener una bombona de gas, una partida de nacimiento o un pasaporte; cuando sobornamos a un policía o guardia nacional para que nos adelante en la cola de la gasolina; cuando debido a la escasez cobramos nuestros productos y o servicios muy por encima del margen normal de beneficio, estamos colocando nuestro grano de arena en la descomposición ética de la sociedad.

La "matraca", apenas un síntoma de la descomposición ética de nuestra sociedad
La "matraca", apenas un síntoma de la descomposición ética de nuestra sociedad


    Por supuesto, todas estas conductas obedecen, en buena medida, al modelaje que desde las cúpulas más elevadas se muestra como ejemplo. Hace años oi decir esta frase: “Autoridad que no abusa pierde su prestigio” y varios años de hechos se han encargado de certificarla. Un hito importante en el derrumbe ético del país se sucedió cuando un presidente justificó el robo con la excusa de la necesidad económica. El trabajo –por lo visto- no le pareció alternativa.

    A la vista de todo el país, se han enriquecido individuos que hasta no hace nada eran pobres de solemnidad, sin que se investigue el origen de tan súbita fortuna. Otros ex altos funcionarios muestran un estilo de vida similar a la más rancia realeza del medio oriente, mientras que aquí, las empresas que dirigieron se hayan arruinadas o al borde de la quiebra. ALCASA, Interalúmina, Ferrominera Orinoco, Bauxiven, Pequiven y otras tantas son ya cementerios sin dolientes, mientras otras, antes boyantes y productivas, como CANTV y Movilnet desmejoran sus servicios y su capitalización sin que ello parezca preocuparle a nadie.


CANTV, empresa insignia de la corrupción y el deterioro de los servicios públicos


    Lo de PDVSA es un caso aparte. Quien pensó que prescindir de más de 20 mil técnicos y especialistas de la industria sin que ello tuviera consecuencias, hizo un cálculo irresponsable que se evidencia en cifras: en 1999 se produjeron  3.3 millones de barriles diarios y en 2020 cerca de 400 mil. Entretanto, los gerentes responsables de esto, -y quienes los nombraron- disfrutan, hoy en día, de total impunidad.   

    Otra práctica nefasta e inmoral ha sido la expropiación, (las más de las veces sin compensación alguna) de empresas productivas que, por supuesto, han quebrado o mermado en las inexpertas y corruptas manos que luego las administraron: todavía se recuerda el llamado “Método Chaz” que privó a la familia Azpúrua –de Barinas- del control de su Hacienda “La Marqueseña”. Hatos como “El Frío”, “La Vaca” y hasta el conocido “Hato Piñero” fueron pasto de la voracidad terrófaga que se apropió, invadió y deforesto más de 3 millones de hectáreas productivas.

    La estatización de Agroisleña fue el “tiro de gracia” a la agricultura. A la par se expropiaron diversas empresas productoras de alimentos, cuya ausencia se percibe hoy en los anaqueles de los centros de abastecimiento.

    Aunado a este cuadro, el país ha visto disminuir las fuentes de trabajo en la industria, el comercio y los servicios, y como contrapartida, se aprecia con pena a hombres, mujeres, niños y ancianos, hurgar en las bolsas de basura en busca de algo de comer, que aminore el hambre que padecen.

    A la hiperinflación, la inseguridad personal, el caos de los servicios públicos: (agua, electricidad, gas doméstico, telefonía e internet y un colapsado sistema de  salud) se agrega, como la guinda del pastel, la represión militar y policial, sistemática y generalizada sin contención alguna contra opositores políticos, periodistas y medios de comunicación y contra el indefenso ciudadano, que no tiene instancias a las cuales recurrir. 

    En este contexto, los venezolanos asistimos a un desmoronamiento moral, cuyas consecuencias se manifiestan en la creciente desconfianza ciudadana en personas e instituciones, por lo que suelen oírse expresiones como “aquí nadie cree en nadie”, mientras algunos afirman que estas crisis “hacen salir lo peor de nosotros”. 

    Lo cierto es que en una situación de “sálvese quien pueda” da la impresión que estuviéramos participando en un enorme y satánico reality show de “Todos contra todos” donde conductas como la solidaridad, la honestidad y la sinceridad están proscritas.

    En nuestro conflictivo día a día, abundan heraldos de la mentira, ministros del chantaje, actores y autores del engaño, la extorsión y el delito, institucionalizado o no, que propagan su germen, tan o más peligroso que cualquier COVID 19, porque éste, también muy contagioso,  contamina el alma, destruye la fé, acaba con la esperanza y distorsiona y envilece el amor.              

    Las palabras corrupción, robo, fraude, engaño y sus sinónimos e ideas afines parecen haber adquirido nueva significación, en tanto que sus oficiantes y sumos sacerdotes se cubren con un manto de honorabilidad, prestigio y opulencia, sin que hasta el presente pese sobre ellos sanción penal, administrativa o moral.

    En contraposición, médicos, periodistas, maestros y profesores universitarios, así como academias y universidades, templos del esfuerzo, el conocimiento y la virtud cívica, son amenazados, criminalizados y perseguidos a la vez que se les niega todo reconocimiento, tanto económico como social. Es el mundo bizarro más allá de cualquier distopía. 


El saqueo y agresiones se suman a la asfixia presupuestaria que ahogan a las universidades autónomas.


    En pleno siglo XXI, cobra vigencia en Venezuela el “cambalache” del compositor argentino Enrique Santos Discépolo, en cuyos versos se contrastan valores y antivalores confundidos en un mismo saco, y en los cuales denuncia que “es lo mismo ser derecho que traidor” o que “lo mismo un burro que un gran profesor”.

      Desafortunadamente, la implosión ética en nuestro país solo podrá revertirse, a largo plazo, con un cambio de actitud, primero individual, pero también colectivo, para que podamos reencontrarnos con la alegría, optimismo, laboriosidad, honradez, y los principios y valores que alguna vez distinguieron a nuestro gentilicio. 

    Sin embargo, ese cambio al que aspiramos no se percibe en el horizonte inmediato, y, por el contrario, pareciera que seremos a la vez protagonistas y espectadores de la implosión de una nueva Pompeya, que se derrumba ante nuestros ojos y nuestros brazos cruzados.


Periodista, escritor y profesor de Ética de la Comunicación Social. UCAB.
Email: luismigarp@gmail.com 

domingo, 14 de abril de 2019

El gran salto atrás


Como reseña la historia contemporánea, el pasado siglo XX fue pródigo en episodios espectaculares, buenos, malos y peores y para muestra un costurero: dos guerras mundiales, la revolución rusa, la revolución China, las guerras de Vietnam y Korea, la llamada “Guerra Fría” y eventos como la llegada del hombre a la Luna, la irrupción de la Internet, y muchos otros que, a troche y moche, definieron la evolución del género humano.

En ese marco, el mundo comunista, destacado siempre por los alardes propagandísticos de sus empresas de Estado, se distinguió por la propuesta de Stalin para transformar la vieja y feudal economía rusa en la potencia industrial que sería la Unión Soviética, su consigna de entonces fue: “Soviet y electricidad” y así lo logró.

Mao Tze Tung, su Gran Salto Adelante provoca
una hambruna con saldo superior a 25 millones
de muertos en China
Joseph Stalin: su obsesión por electrificar a la URSS
tuvo un cuantioso costo humano

Así mismo, entre los años 1958 y 1961 la revolución cultural, liderada por Mao Tse Tung impuso a los chinos su plan de superación de la economía agraria por un esquema de colectivización como parte de un programa diversificado de desarrollo. A esto se le llamó el “Gran salto adelante”.


Al margen del inmenso costo humano de estos planes así como de los errores propios de ese modelo político totalitario, China y la URSS se convirtieron en potencias económicas y militares que las han traído hasta hoy, a pesar de los avatares y los cambios habidos en el camino que tornaron a China en un híbrido de modelo político comunista con una abierta economía capitalista, por una parte, y por otra, la disolución de la Unión Soviética, mutando Rusia a la autocracia en la que hoy ha devenido.

En América Latina, entretanto, la revolución cubana de Fidel Castro deslumbró en sus primeros años a muchos con el desideratum del “hombre nuevo” y los reiterados anuncios de cosechas récord de caña de azúcar y tabaco, así como los cacareados “avances” en materia deportiva, de educación y de salud. Si algo funcionó en este caso fue la propaganda que pintaba lo que alguien llamó el “mar de la felicidad”.

Sin embargo, el tiempo y la realidad real se han encargado de mostrar el saldo de ese copioso inventario de promesas, consignas y realidades paralelas que intentaron, desde siempre, ocultar las terribles hambrunas de la China maoísta, o el colapso de la economía centralizada de la extinta Unión Soviética, amén de la vida miserable y cuasi esclavizada de pueblos como Korea del Norte, país que hoy consagra enormes esfuerzos en su desarrollo nuclear a costa del hambre de su pueblo.

Ya enterado suficientemente del engaño creado y difundido, el mundo libre ha venido descubriendo, con bastante retraso, todo el entramado construido tras la “cortina de hierro” para mantener a cúpulas de poder centralizado, por lo cual asiste hoy, no sin una porción de ingenuidad y sorpresa, a fenómenos políticos y sociales como los habidos en Nicaragua y Venezuela.

La Nicaragua de hoy, la de los Ortega, no difiere mucho del país empobrecido y sojuzgado que heredó de los Somoza, con apenas un breve paréntesis de resuello democrático. Hoy como entonces, el pueblo clama por libertad, trabajo y democracia, enfrentado, como en el pasado, a una dictadura represiva, corrupta y feroz.

La ilusión de cambio

En Venezuela, la izquierda internacional “coronó” con el triunfo electoral de Hugo Chávez en 1998. Para el momento, las consignas de redención social, de lucha contra la corrupción y transformación política e institucional calaron en buena parte de una población hastiada del desgaste del sistema y de unas cúpulas partidistas alejadas del ciudadano y sus problemas.

La atractiva oferta del chavismo halló eco en medios de comunicación que le apoyaron, así como en círculos académicos, intelectuales, en la clase media e incluso en grandes empresarios. La opción de una “Tercera vía” como la propuesta en el Reino Unido por Tony Blair se hizo bandera del candidato Hugo Chávez y con ella llegó al poder.

Una vez instalado en Miraflores, Chávez inicia un lento pero persistente proceso regresivo de la marcha del país, disimulado sólo por el súbito y desproporcionado incremento de la renta petrolera que, por efecto del mercado internacional ascendió, de cerca de 8 dólares el barril en 1998, situándose un buen tiempo por encima de 120 billetes de la divisa norteamericana, hecho que, nacionalmente quiso atribuirse a la gestión del gobierno.

El caudal de nuestros grandes ríos, Orinoco y Caroní, está amenazado 
por la depredación ambiental del Arco Minero, con impacto en la generación eléctrica

Muy pronto comenzó la política de “rescate” de tierras. Emblemático resultó el caso del fundo “La Marqueseña” en Barinas, que dio comienzo al entonces llamado “Método Chaz” (Chávez-Azpúrua) y que ha sumado hasta ahora en la expropiación de más de cuatro millones de hectáreas productivas, calificándolas de baldías. Espacios como el “Hato Piñero” en Cojedes, otrora rico refugio de flora y fauna es hoy un erial abandonado, testimonio del impresionante deterioro ambiental que ha tenido como evidencia administrativa la eliminación del Ministerio del Ambiente y como muestra irrefutable la devastación emprendida en Guayana por lo que el régimen denomina el Arco Minero del Orinoco.

Camino al pasado

El descuido y la falta de atención a nuestros embalses y otras fuentes de agua dulce han provocado un gravísimo deterioro de la calidad del agua que consumimos los venezolanos; esto sin contar con el daño masivo a las redes de distribución de este líquido, todo lo cual conduce a que millones de personas no tienen acceso al agua por tubería, lo cual es una involución que se suma al retroceso general que padece el desarrollo del país.

En materia petrolera, el salto atrás ha sido de antología: de poco más de tres millones de barriles diarios que exportaba PDVSA en 1998, los estimados más optimistas sitúan esa exportación por debajo del millón... y descendiendo, y esto sin añadir la severa crisis eléctrica, con actual secuela de apagones y racionamiento, que a su vez impacta la provisión de agua potable a la población.

En el sector de la salud la involución es pavorosa. La malaria, la fiebre amarilla, la difteria, la tuberculosis y hasta la polio han regresado al país luego de décadas de haber sido erradicadas. Entretanto, la opacidad informativa en materia de estadísticas epidemiológicas intenta ocultar la ascendente mortalidad materna e infantil, el estado ruinoso de los centros asistenciales y el escandaloso fracaso de la política de atención paralela a través de la llamada Misión Barrio Adentro de factura cubana, instrumentada por elementos antillanos sin reválida en las universidades nacionales y de dudosas credenciales; todo ello sin considerar el repunte de la desnutrición crónica de la clase más deprimida, que amenaza con afectar el peso y la talla de las generaciones en formación.

El ámbito económico muestra indicadores tan aterradores que los entes que por ley deben proveer la información en este aspecto (Banco Central, INE y Min. Planificación, entre otros) han dejado de difundir al público tales cifras, por lo cual la ciudadanía debe acudir a los informes del CENDAS o a la Asamblea Nacional y a veces los datos que emiten algunos entes internacionales como la OPEP, el BID o la CEPALC, entre otros, para conocer con estupefacción, el avance de la hiperinflación récord que vivimos y de un empobrecimiento general que ha llevado al gobierno a quitarle ocho ceros al valor de la moneda nacional, ha cambiar dos veces el cono monetario y a sumergir al país en un proceso de dolarización de facto ante la vertiginosa pérdida de valor del Bolívar.

Para el segundo trimestre de 2019 la inflación anualizada supera el millón y medio por ciento a pesar del pronunciado estancamiento económico que vivimos, situándonos en el peor de los mundos, el de la llamada stagflation (estancamiento con inflación) combatido por el gobierno vaciando de oro las bóvedas del Banco Central a fin de mantener un cierto flujo de divisas proveniente de negocios muy poco ortodoxos tanto con el oro como con el coltán y otros minerales estratégicos cuya comercialización se realiza en un marco del mayor misterio y opacidad. La ilusión de la “Venezuela potencia” divulgada en la propaganda oficial es desmentida con el peso de los hechos y las realidades inocultables.


En el tema de los derechos humanos el déficit acumulado es cuantioso. Más de 3 millones y medio de venezolanos han abandonado el país durante los últimos años, presionados por una situación de inseguridad que se salda con un promedio superior a los 25 mil homicidios anuales, muchos de ellos atribuidos a los diversos cuerpos de seguridad del Estado: las policías y la Guardia Nacional reúnen las mayores imputaciones. A esto se le añade la presencia de un cuerpo élite de la Policía Nacional Bolivariana denominado FAES (Fuerza de Acciones Especiales) calificado por algunos denunciantes como una suerte de “Escuadrón de la Muerte” o grupos de exterminio que actúan, generalmente, amparados en las llamadas Operaciones de Liberación del Pueblo, OLP, así identificadas buscando una cierta analogía semántica con la célebre organización palestina.

La FAES, señalado como grupo de exterminio, junto con
los "colectivos paramilitares", una evidencia de la sistemática
vulneración de los derechos humanos en Venezuela
El saldo de la crisis política, acentuada desde 2014, muestra una importante cantidad de presos y asesinados por razones políticas, donde figuran el concejal Fernando Albán, muerto en extrañas circunstancias en el Sebin; el joven periodista Alí Domínguez; el piloto Oscar Pérez y su grupo, masacrados en El Junquito; desaparecidos como Alcedo Mora (Mérida) y parlamentarios como el diputado Juan Requesens, numerosos oficiales de las fuerzas armadas, dirigentes políticos y líderes comunitarios de oposición. La lista de personas asesinadas en el marco de las protestas antigubernamentales durante el corriente quinquenio monta las cuatro cifras.

Otro elemento constitutivo del retroceso humano e institucional que afecta al país es la grave crisis de abastecimiento. Alimentos y medicinas han desaparecido de los anaqueles de los cada vez menos supermercados, farmacias y otros establecimientos. Los puentes fronterizos se constituyen en vías de escape para miles de compatriotas que a diario van a Colombia a comprar comida, medicamentos y artículos de higiene personal ahora inexistentes en nuestro territorio.

En el rubro del transporte asistimos a un aislamiento del mundo por la salida de numerosas líneas aéreas internacionales. Las empresas navieras como la estatizada Conferry han mermado su capacidad de servicio debido al hundimiento de varias de sus naves, mientras que las grandes empresas de transporte terrestre extraurbano han disminuido sensiblemente el número de sus unidades en virtud de la falta de repuestos y la escasa rentabilidad de sus operaciones. Los autobuses y camionetas para el servicio urbano decrecen en número y aumentan sus tarifas en tanto que el el Ferrocarril de Tuy y el Metro de Caracas, otrora orgullo de los capitalinos, colapsan en medio de retrasos y paralizaciones frecuentes en el servicio.

Balance en rojo

La Fuerza Armada se fortalece como
principal factor de poder, no sólo militar,
sino económico
Cualquier persona, medianamente ecuánime, podrá advertir, sin mucho esfuerzo, la ruta involutiva que ha impuesto durante las dos últimas décadas la autodenominada “Revolución bonita”. En ese lapso, desafortunadamente, sólo hemos crecido en materia de corrupción, en la cual se han visto envueltas numerosas figuras del gobierno y sus socios privados. Destaca en ese rubro la corrupción militar, tolerada y promovida como “premio a la fidelidad”.

En la actualidad, el sector militar es propietario de bancos, empresas mineras y petroleras, centros comerciales, medios de comunicación y otras empresas que incluyen el control y la distribución de alimentos. Igualmente, la presencia militar en funciones de gobierno es escandalosamente evidente. Así, la fidelidad de la cúpula castrense ha sido comprada, con dinero y poder, al punto que ya el parabán de la presencia civil en Miraflores comienza a incomodarles.

Parafraseando al camarada Mao, el resultado de estos 20 años de chavismo podría sintetizarse en la expresión el "gran salto atrás” del cual los venezolanos hemos sido y somos aún víctimas y testigos.

martes, 20 de febrero de 2018

Los que fueron... y se fueron

En los ya 19 años de gobierno y cada vez más acentuado control político que el chavismo detenta en el país, mucha agua ha corrido bajo de los puentes. Durante estos largos años los venezolanos hemos visto desfilar en la cúpula del poder a un rutilante elenco de figuras, provenientes de diversos círculos políticos, económicos, culturales y sobre todo militares, que han desempeñado las tareas de Estado, primero bajo la égida del comandante Hugo Chávez y luego bajo la dirección de Nicolás Maduro.
En estas casi dos décadas hemos visto actuar a los “Patria o muerte” que han acompañado el “proceso” en toda circunstancia, leales e impertérritos ante los escándalos de corrupción, los pleitos internos, la represión, la inseguridad personal y jurídica, las escisiones y los vaivenes económicos y políticos del país, etc, etc.  Muchos de esos “duros” participan hoy del gobierno en diferentes niveles y con distintas responsabilidades.
Otro segmento del chavismo es aquel que en los tiempos de la campaña electoral de 1998 se adhirió a la causa del comandante, algunos por rechazo al establecimiento político dominante esa etapa; otros como una expresión de la entonces en boga antipolítica y unos cuantos aburridos sólo por cambiar de tercio. El caso es que de este sector han sido muchos los personajes, figuras nacionales, que, emulando al general José Antonio Páez (nada bien visto en esta época) han optado por el “Vuelvan caras” y saltado la talanquera argumentando un sinnúmero de razones que, en general, denotan una rectificación política o un claro arrepentimiento motivado por el curso que ha tomado la vida del país durante la Revolución Bolivariana.

Los “Pioneros”
Entre las figuras que iniciaron el abandono del barco bolivariano, aún sin haber participado en el gobierno, estuvieron el filósofo Ernesto Mayz Vallenilla, Rector fundador de la Universidad Simón Bolívar, quien había manifestado su simpatía por el MVR y por Chávez. Igual ocurrió con la entonces pareja integrada por Miguel Henrique Otero, editor de El Nacional y Carmen Ramia, quien incluso formó parte del primer gabinete de Chávez, al igual que otro disidente posterior, Alfredo Peña, también del mismo grupo editorial.
Otros prominentes adeptos a la causa de la entonces propuesta “Tercera vía” fueron los empresarios Gustavo Cisneros, de Venevisión y otras empresas y John Boulton de Avensa y Servivensa, líneas aéreas desaparecidas en revolución. Igual ocurrió con Luis Vallenilla y su ya desaparecido grupo Cavendes.
En el ámbito académico y político tocaron retirada el combativo editor e historiador Jorge Olavarría, la Dra. Margaritra López Maya, Luis Castro Leyva y la arquitecta Josefina Baldó. El año 2002 se produjo la primera escisión importante en las filas del chavismo con la salida de Luis Miquilena y su grupo integrado entre otros por Alejandro Armas, José Luis Faría y lo que entonces se llamó “Solidaridad”. Otra deserción temprana fue la de Carlos Genatios, nombrado Ministro de Ciencia y Tecnología y Autoridad Única a raíz de la tragedia de Vargas en diciembre de 1999.
También como consecuencia del golpe de Estado de abril de 2002 se produjo la primera gran ruptura militar con el régimen: Carlos Molina Tamayo, Efraín Vásquez Velazco, Néstor González González, el extitular de la Defensa, Raúl Salazar; Hidalgo Valero, el general Rosendo, Carlos Alfonso Martínez y un grupo de oficiales que protagonizaron meses de agitación en la Plaza Altamira debieron abandonar el país.  A ellos se añaden el comandante del 4.F Jesús Urdaneta Hernández, Carlos Aguilera y el zigzagueante Joel Acosta Chirinos.
Militares disidentes: ¿Sólo la punta del iceberg?
Digno de análisis es la sucesión de exministros, exgobernadores y otros altos funcionarios de la revolución que no sólo se han distanciado sino que adoptaron radicales posiciones críticas y de denuncia antigubernamental, entre ellos Héctor Navarro (titular de 4 ministerios en tiempos de Chávez: Educación en 2 ocasiones, Ciencia y Tecnología, Electricidad y Educación Superior), Jorge Giordani, de larga presencia en el despacho de Planificación: Ana Elisa Osorio, extitular del desaparecido despacho del Ambiente; todos ellos agrupados en la nueva formación Marea Socialista que dirige el politólogo Nicmer Evans. Otros exministros, posteriormente disidentes son los generales Herbert García Plaza y el extitular del Interior, Miguel Rodríguez Torres, quien actualmente organiza un grupo político opositor.

Exministros del chavismo, ahora en la oposición
Otro actor relevante durante los primeros tiempos del chavismo fue el general Guaicaipuro Lameda, quien fue director de la Oficina Central de Presupuesto OCEPRE y luego presidente de PDVSA, para finalmente desprenderse del sector oficial y pasar al frente antigubernamental. 
En el estrato judicial aún recodamos las polémicas ejecutorias del magistrado Luis Velásquez Alvaray y luego las de Eladio Aponte Aponte, ambos denunciantes de casos de corrupción y ahora exiliados al igual que las exdefensoras del Pueblo, Dilia Parra y Gabriela del Mar Ramírez, el fiscal del caso de Leopoldo López, Franklin Nieves, y la ex Fiscal General, Luisa Ortega Díaz, una de las recientes disidentes más connotadas. 
A esto se agrega la lista de exgobernadores y parlamentarios que se separaron de las filas rojas, algunos para denunciar y otros para huir o guardar silencio: Rafael Isea, de Aragua: David de Lima, de Anzoátegui; Liborio Guarulla, hasta hace poco de Amazonas; el capitán Antonio Rojas Suárez, de Bolívar: el general “eructo” Luis Felipe Acosta Carles, de Carabobo, Eduardo Manuit, de Guárico; Ramón Martínez, de Sucre; Henri Falcón, de Lara, actual líder del partido opositor Avanzada Progresista; así como los parlamentarios que luego de 2005 formaron el partido Podemos: Ismael García, Ricardo Gutiérrez y Juan José Molina, además de los dirigentes Pastora y Pablo Medina, venidos del PPT, el parlamentario y exalcalde de Barinas, Julio César Reyes; Rafael Simón Jiménez, el ecologista Alexander Luzardo; el exdirector de Protección Civil, general Antonio Rivero; el exrector de la UCV Luis Fuenmayor Toro; Eduardo Semtei, exvicepresidente del Consejo Nacional Electoral; el diputado oficialista Germán Ferrer (esposo de Luisa Ortega Díaz); los exalcaldes de Maturín, Numa Rojas y Warren Jiménez; 
En el sector sindical las deserciones no han sido pocas: Marcela Máspero, coordinadora de la central sindical UNT, el líder laboral petrolero Iván Freites y el alcalde de Sifontes (Bolívar) Rubén González encabezan una larga lista de trabajadores que hoy cuestionan la gestión de Nicolás Maduro.

Señalados por corrupción
A este listado de exchavistas hay que añadir una categoría sui géneris: la de quienes habiendo sido funcionarios del régimen fueron señalados por cometer actos de corrupción y luego cayeron en desgracia y se situaron en el ala crítica del gobierno, una vez que éste anunció sanciones en su contra. El más prominente, hoy por hoy, es el superministro Rafael Ramírez, expresidente de PDVSA , hombre de confianza de Chávez y miembro de la casta en el poder por más de 12 años.  Su primo Diego Salazar y gente de su entorno como Nervis Villalobos, entre más de 50 altos directivos de las empresas PDVSA y CORPOELEC. 
Otros señalados son el extesorero nacional Alejandro Andrade, Rafael Isea; el general Víctor Cruz Weffer; y el también general Herbert García Plaza.

¿Hacia el partido militar?
Paralelo a la avalancha migratoria que vive el país, el sector chavista no es ajeno a tal situación y muchos de ellos (algunos con cuantiosas fortunas, otros no) se han instalado en el exterior. Entretanto, el desmoronamiento institucional y económico que atraviesa la nación se refleja también en las filas oficiales que sienten el desprendimiento de sus adeptos, quienes o bien abandonan el territorio nacional o se suman a las masas descontentas que crecen silenciosa pero persistentemente. 

Militares: cada vez con mayor poder en Venezuela
Ante tal circunstancia, el estamento militar viene ocupando los espacios vacíos de poder que dejan aquellos que rompieron su pacto de solidaridad con el chavismo o mejor dicho, el madurismo. Ejemplo de ello es el pase a los militares del control de la industria petrolera, concretado oficialmente con el nombramiento en la presidencia de la empresa del general de la GNB Manuel Quevedo. Para comienzos de 2018 las Fuerzas Armadas controlan, formalmente PDVSA, la actividad minera, la importación y distribución de alimentos, y para sustentar su poder poseen ahora un banco (Banfanb), empresas de seguros como “Horizonte”, centros comerciales a través del IPSFA, y una televisora: FANB.TV, todo ello sin contar la presencia de militares activos y retirados al frente de ministerios, gobernaciones, empresas del Estado y mixtas, alcaldías y curules en la cuestionada Asamblea Nacional Constituyente, empleando -por ahora- la plataforma electoral del PSUV. Al tradicional control de la seguridad y orden público (donde no son nada sobresalientes) los verdeoliva suman ahora el control político y económico. Visto así, el ascenso a la cima del poder ejecutivo, sin parabanes ni intermediarios, parece inminente. 
En medio de un cuadro de sanciones económicas y políticas internacionales, aplicadas por los Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y diversos países de América Latina, además de una creciente insatisfacción popular por la compleja crisis social y humanitaria que afecta a la población, y que se manifiesta en un sinnúmero de protestas, saqueos de comercios, interceptación de camiones distribuidores de alimentos en las vías principales del país y numerosas movilizaciones en diversas regiones, todas ellas silenciadas por la férrea censura  impuesta de múltiples maneras a los escasos medios independientes que aún sobreviven, el sector castrense ha maniobrado para mantener una fachada de gobierno civil cuyos integrantes serían los responsables y acreedores del elevado costo político derivado de la crítica situación que deteriora sensiblemente las condiciones de vida de la gente. Tal vez este contexto ha contenido a los líderes uniformados en una acción de toma definitiva del poder que, por lo demás, podría ser efímera ante la necesidad y el clamor de cambio de modelo político que el mundo exige a la casta gobernante en la Venezuela de 2018.
Otro factor que ha diferido la asunción definitiva del gobierno por parte de las fuerzas armadas es el no menos severo conflicto interno que allí prevalece. Al igual que en el país civil, en los componentes armados hay un grupo cupular que apoya el presente statu quo mientras que en el resto de la milicia se suceden protestas constantes que hasta ahora han sido sofocadas con éxito por los altos mandos. Sin embargo, es clara y evidente la falta de cohesión y unanimidad, es más, la fractura existente en los componentes armados en los cuales no se ve con simpatía la injerencia de militares cubanos y de otras procedencias, así como la participación de grupos paramilitares “colectivos” en tareas dispuestas de manera exclusiva a las FAN (Eje. La Masacre de El Junquito). Todo ello sumado a las carencias socioeconómicas que también afectan al personal de tropa, suboficiales y oficiales hasta los grados medios y a sus familias.
En este marco, también en el seno de la institución armada se viene produciendo un callado distanciamiento de las políticas gubernamentales a la vez que la cúpula castrense exhibe un cada más abierto y comprometido discurso político: se habla de patriotismo y soberanía, de independencia y autodeterminación, y sus voceros, líderes multisoleados, en casi 20 años no han hecho lo más mínimo por recuperar ni un milímetro de nuestra zona en reclamación; han permitido -y patrocinado tal vez- la injerencia extranjera en la propia institución castrense, han guardado silencio ante la venta, deterioro o liquidación de activos del país; han permitido la conversión de nuestras fronteras en territorio de confrontación entre la guerrilla colombiana, los paramilitares y el narcotráfico; han aceptado la exploración y explotación de minerales y petróleo en la zona del Esequibo y en nuestra zona marítima económica exclusiva y han silenciado todo un entramado de corrupción vinculado al contrabando de combustible y otros productos en áreas cuya custodia y defensa les corresponde. Todo esto mientras insisten en su intento por persuadir a sus filas de la disciplina, obediencia y subordinación debida a sus superiores jerárquicos y mostrar a los civiles un dudoso apoyo de todo el sector al régimen imperante. 

Incertidumbre  

En los días que corren el clima sicológico y espiritual de la república se resume en una palabra: incertidumbre, no obstante, esta eventual desesperanza o apatía ciudadana no es resignación ni entrega; la gente está en la calle, movida por el hambre y la ira, por el deterioro de los servicios públicos, por la hiperinflación, la corrupción impune y rampante y por la criminalidad creciente. Todo esto lo siente y lo padece la gran mayoría de los venezolanos, buena parte de la cual creyó alguna vez en la utopía chavista: fue y se fue decepcionada y engañada que hoy, como en la obra de Rómulo Gallegos, sufre y espera el final de la barbarie, la caída del miedo y ve en Altamira, otra vez, el símbolo del país de cambio que necesitamos, exigimos y merecemos.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Frente a la constituyente


Luis M. García P.

    El primero de mayo de 2017 fue un primero de mayo distinto. Distinto conforme a la tradición impuesta por la revolución bolivariana, de anunciar aumentos de salario y otras medidas populistas, pues ésto ocurrió el día anterior, y sobre todo, distinto porque fue la fecha escogida por Nicolás Maduro para anunciar la convocatoria a una “Asamblea Constituyente Comunal” como respuesta evidente a los clamores del país que exigen la realización de elecciones como opción de salida a la cada vez más aguda crisis institucional, política y social que sacude hoy por hoy al país.

Gracias a la maniobra fraudulenta de Maduro y
sus aliados la constitución de 1999 es ahora "la moribunda"

En medio de la algarabía generada por el auditorio teletransportado desde los cuatro puntos cardinales de Venezuela hasta la Avenida Bolívar de Caracas, Maduro dió a conocer su idea de convocar, este año, una Asamblea Constituyente. Horas después, esa misma noche, reunió en Miraflores al consejo de ministros y a otro grupo para adelantar detalles del proyecto, firmar el decreto de convocatoria y designar una comisión presidencial, integrada por ministros, parlamentarios y otros abogados -todos chavistas- que tendrá la tarea de confeccionar una suerte de alfombra jurídica que dé piso legal al gobierno de facto cuyas ejecutorias arbitrarias e ilegales ya no caben en el vigente texto constitucional de 1999.


    Resulta claramente evidente que la vigente carta magna, aprobada en referendum hace 17 años, resulta sumamente incómoda a un gobierno abiertamente autoritario, entre otras cosas porque el texto de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, pauta, entre otros temas, el control político de los poderes por parte de la Asamblea Nacional, la inmunidad de los parlamentarios, la aprobación de todas las operaciones que supongan contraer deuda pública, la aprobación de los presupuestos anuales de gastos de la nación, etc. Todo lo cual, fijado entre las atribuciones del Poder Legislativo en los artículos 186 al 187, ha desconocido olímpicamente el Ejecutivo Nacional en claro y ostensible desacato a la carta fundamental.

    No conforme con ello, el gobierno subvierte las normas referidas a los estados de excepción y de emergencia económica, pues no sólo argumenta razones falaces para su implantación como la ficticia “guerra económica” sino que lustra sus botas militares con el texto constitucional cuando excede, hasta por cinco veces, el plazo máximo establecido para estos casos que sólo alcanza a 90 días y una sola prórroga por un lapso similar. Todo ello previsto en los artículos 338 y 339 del texto fundamental.

    Hemos llegado a una etapa en la cual resulta difícil encontrar un artículo de la “bicha” que no sea sistemáticamente violado por el régimen: se prohíbe el uso de armas y substancias tóxicas en manifestaciones (art. 68), y no sólo ahogan con gases a marchistas sino agreden a vecinos inocentes en sus casas, enfermos en clínicas y hospitales y niños en las escuelas. La represión como práctica cotidiana.

    Si nos paseamos por los derechos sociales de la población, reconocidos en la CRBV en vigencia, al menos formal, apreciamos que el más importante, el derecho a la vida, está quebrantado masivamente con un promedio superior a 25 mil muertes por homicidios al año; todo ello sin contar a los miles que mueren de mengua en los hospitales, sin vacunas, sin medicamentos y en manos de aprendices de brujo provenientes del exterior. Y eso sin mencionar la desvencijada infraestructura y la carencia y obsolescencia de equipos en los servicios sanitarios.

    Conocido, y sobre todo sufrido es el rebuscado trámite que debe cumplir cada ciudadano para procurarse el alimento. Violando el elemental derecho a la supervivencia, el régimen condiciona el derecho a comer a la suscripción de un “Carnet de la Patria” con el cual se consagra el apartheid político de nuevo cuño y se traslada a la alimentación de la gente que, a altas horas de la noche y luego de horas de espera en cola, recibe cada mes, o mes y medio, su raquítica ración de alimentos regulados, traídos en su mayoría de otros países donde el gobierno promueve la agricultura, la industria y el empleo, en desmedro de los nacionales.

    En el plano económico la violación expresa a la constitución es notable: el irrespeto a la propiedad privada, garantizada en el Art. 115, no sólo de las grandes empresas, sino de modestos emprendimientos familiares cuyo esfuerzo de años se ve truncado por la “toma” o el saqueo de grupos paramilitares que actúan con impunidad y bajo la protección de los cuerpos de seguridad.  La liquidación del valor del Bolívar es incontrovertible: en 1999 un bolívar de antes se cambiaba en Cúcuta por 16 pesos; hoy se necesitan cerca de 1.200 bolívares de antes para comprar un solo peso colombiano. Alguien es responsable por eso.

   Así, en todos los ámbitos, el gobierno vende activos de la nación a empresas foráneas, se endeuda irresponsablemente en el exterior sin autorización del legislativo y concede parte del territorio nacional en concesión desventajosa como en la aventura del llamado “Arco Minero”, sólo por citar estos ejemplos.

    En este marco, una constitución que impone la realización de procesos electorales periódicos y el respeto de los derechos humanos resulta un estorbo para una acción de gobierno caracterizada por el autoritarismo, la represión y el desconocimiento de las leyes. La permanencia en el poder de la casta gobernante requiere una justificación normativa, una nueva constitución prêt-à-porter en la cual el abuso sea legal, la represión sea lícita y las conquistas políticas como la actividad de los partidos y el voto secreto y universal sean proscritos. No obstante, el gobierno sabe y siente su impopularidad y rechazo y, desde luego, no se aventurará a participar en ninguna elección directa. ¿Y entonces?

El parapeto

    Conscientes como están de los niveles de rechazo de que gozan, los jerarcas del régimen recurren a la experiencia política del pasado. Se trata de promover la integración de una asamblea por facciones, “la faccio” ¿recuerdan?. Sí, se trata de convocar una asamblea corporativa y tumultuaria, de fácil manejo y manipulación, integrada no por partidos políticos, ni por academias, ni por universidades, ni por gremios, ni por organismos estudiantiles reconocidos... Nada de eso, allí el gobierno -y lo sabe- sería barrido; por ello recurre a la institucionalidad paralela que ha venido construyendo, animando y financiando, incluso al margen -otra vez- de la constitución.

    De los 500 constituyentistas propuestos por Maduro este 1° de mayo, 250 serían designados por él de forma indirecta. Serían electos de entre los candidatos de las comunas, los consejos comunales, las diversas misiones, los “colectivos”, el movimiento sindical y el escuálido sector estudiantil oficialista. Allí también pretende incorporar los grupos femeninos registrados y censados por Inamujer, así como toda una faunita agrupada en un sinnúmero de células microscópicas a las cuales el régimen aspira dar beligerancia electoral a los fines de sustituir a organizaciones con fines políticos como Primero Justicia, Acción Democrática, Copei, Voluntad Popular o la Causa R, por citar algunos.

¿Y dónde se legitiman todos estos microorganismos?, pues en la estructura montada a los efectos por el gobierno, el Ministerio de las Comunas y otras instituciones que no tendrán empacho en formalizar la candidatura de los camaradas aspirantes que participarían en una elección de segundo grado, precisamente como en la Italia corporativa del fascismo del Duce Benito Mussolinni.

    Ahora bien, ¿Es legal o constitucional la convocatoria?. El artículo 347 atribuye al Pueblo de Venezuela el poder constituyente originario. Se refiere al pueblo en su conjunto, sin exclusión ni segmentación y, por otra parte, la mención “Comunal” que cita Maduro no aparece por ningún lado en el texto de ese último capítulo de la Carta Magna referido a la reforma constitucional. Adicionalmente, ya han comenzado a fluir las contradicciones jurídicas. Hermann Escarrá, miembro de la recién nombrada comisión presidencial constituyente, señaló que esta asamblea no haría cambios de fondo a la vigente CRBV, y entonces, si no cambiará en lo fundamental lo que se impone es una reforma, a realizarse por vía parlamentaria y no una constituyente.

    Asimismo, el 347 establece tres propósitos a la Asamblea Constituyente: a.- transformar el Estado; b.- establecer un nuevo marco jurídico, y c.- redactar una nueva constitución. Es decir, no uno, sino tres propósitos unidos, que no han sido expuestos en el proyecto de nueve puntos delineado el primero de mayo.

Por otra parte, si bien es cierto que el 348 atribuye al Presidente de la República la “iniciativa constituyente” corresponde al pueblo en su conjunto validar la convocatoria con sus votos, tema sobre el cual ya hay sobrada jurisprudencia tanto en 1999 como en 2007. Antes de ir a una elección de constituyentistas, es el pueblo, depositario del poder constituyente originario, quien debe convocar y aprobar -si así lo decide- las bases comiciales que fijen las reglas de ese evento.

    Da la impresión que desde el poder y bayoneta en mano se quiere saltar todos estos pasos para imponer la voluntad de cerca de un 10 % de la población por sobre un 90 % adverso o desencantado que hoy día marcha y expone su vida ante la represión generalizada, para hacer escuchar su voz de protesta y exponer su voluntad de cambio en elecciones justas, legales y, además, previstas por la aún vigente constitución que hoy se quiere desconocer con la intención de perpetuar en el poder a un sector político-militar al cual cabe el epíteto de “cúpula podrida”,  para quien la constitución y las leyes son un telón decorativo que se puede correr y descorrer a voluntad.

"Votos sí, bombas y balas no" es el clamor de un pueblo 
que exige en la calle su derecho a ser libre

    El fraude constitucional está montado, en curso y hay que desmontarlo, denunciarlo y enfrentarlo. En estos días, la población más que un maquillaje constitucional que atornille a la dictadura, exige libertad: libertad para elegir conforme a lo previsto en la Constitución; libertad para los presos y exiliados políticos; libertad para producir y trabajar sin presiones y con respeto a la propiedad; libertad para el cabal ejercicio de poderes legítimos como la Asamblea Nacional; libertad de expresión, destierro de la censura en todas sus formas... Libertad para buscar la verdad que se nos oculta o se nos enmascara, porque, al final de cuentas, sólo la verdad nos hará libres.  


sábado, 28 de enero de 2017

Cambalache del Siglo XXI

Luis M. García. P.


Cambalache. Retrato musical de una época que aún persiste, 
en versión de Joan Manuel Serrat


“Que el mundo fué y será una porquería, ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también...” Así inicia el compositor argentino Enrique Santos Discépolo su clásico tango Cambalache, inmortalizado por figuras como Carlos Gardel y más recientemente por el poeta catalán Joan Manuel Serrat, entre otros. El texto de esa pieza musical es una disección, un diagnóstico crudo y realista, no sólo de la sociedad de cualquier época, sino de la propia condición humana.

En esta radiografía de su tiempo, el autor sostiene: “Pero que el Siglo XX es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue”, y repasando ese sintético análisis sociológico en verso arribamos a la conclusión de que poco hemos cambiado ese panorama en los años que corren del presente Siglo XXI.

Ciertamente el Siglo XX fue una centuria traumática y convulsa, la evidencia reunió en su catálogo dos guerras mundiales, la Guerra de Korea, la de Vietnam, y la Guerra Fría, atípica modalidad de conflicto entre superpotencias que, una que otra vez, mantuvo en vilo la supervivencia de la especie humana ante la potencial amenaza –aún no conjurada– de una conflagración nuclear.

En compensación, sin embargo, el pasado siglo deparó al género humano más avances y mejoras al nivel de vida que los 19 siglos precedentes de la historia contemporánea y, por supuesto, que los previos a la era cristiana. Para muestra bastará una apretada síntesis de esa herencia de novedades y progreso:

Fué el Siglo XX el escenario de inventos como la televisión, la internet, el desarrollo de la aeronáutica y las telecomunicaciones, la llegada del hombre a la luna, los transplantes de corazón y otros órganos, el empleo de la penicilina y otros antibióticos, la píldora anticonceptiva, la ingeniería genética, y tantos etcéteras que hoy integran el entorno de confort que caracteriza al estilo de vida del hombre de este tiempo, reivindican, en buena medida, a ese siglo XX tan vituperado por algunos.

Ahora bien, este desarrollo espectacular de la ciencia y la técnica, evidenciado en el crecimiento de los diversos medios de comunicación social, ha puesto de manifiesto, igualmente, el estancamiento y en algunos casos el retroceso del componente espiritual, moral y ético que conforma esa parte intangible pero relevante de la persona humana y de las sociedades en su conjunto. ¿Somos acaso mejores seres humanos que nuestros abuelos?, ¿hemos avanzado o involucionado en el plano ético? Hay que buscar una respuesta.

También en ese plano debemos admitir algunos importantes avances: Ya el género humano no justifica prácticas como la esclavitud y ningún estado la legitima como en el pasado. Desde 1948 las Naciones Unidas adoptaron como propio el reconocimiento de los 30 derechos humanos fundamentales que incluyen, entre otros, el derecho a la vida, a la libertad, a la identidad, salud, educación, libertad de expresión y religión, tránsito y otros, declarando la progresividad del goce de estos derechos. 

Asimismo, cada vez más naciones proscriben en su legislación normas como la pena de muerte, las torturas y penas infamantes, los tratos crueles y degradantes, la desaparición forzosa de personas, etc. e imponen sanciones a quienes incurren en tales desviaciones, aunque no siempre la norma y la voluntad política coincidan con la vigencia real de tales propósitos: pero se avanza.

También las sociedades se han hecho más tolerantes y abiertas en el ámbito cultural y religioso, aún confrontando al fundamentalismo de algunos credos que pugna por imponer sus esquemas ideológicos y dogmáticos al resto del mundo. Satisface advertir que a pesar de los prejuicios raciales persistentes, se hayan producidos hechos significativos como el ascenso al poder de Nelson Mandela y su partido en Sudáfrica y la recién concluída presidencia durante 8 años del afroamericano Barack Obama, nada menos que en los Estados Unidos, la cuna del Ku Klux Klan. 

Los oscuros días de la segregación racial, contrastados con la presidencia de Barack Obama ¿volverán con Trump?

Otras áreas en las cuales se perciben logros incluyen la cada vez más amplia participación de las mujeres en la gestión pública y privada, demostrando su capacidad para cumplir tareas tan bien o tan mal como los hombres: Ángela Merkel en Alemania y Michelle Bachelet en Chile son apenas dos ejemplos actuales de esta creciente presencia femenina en el poder.

La legislación sobre derechos de los niños y la apertura a la diversidad sexual, entre otros aspectos, dibujan un panorama que pudiera interpretarse como optimista de cara al tránsito por los días del corriente Siglo XXI.

Migraciones suicidas, ante el horror de la guerra
y el hambre, invaden Europa
No obstante, también ya entrada la segunda década del siglo, el mundo advierte con estupefacción la tragedia cotidiana que viven cientos de miles de refugiados que, huyendo de la guerra y del hambre, exponen sus vidas a bordo de pequeñas, endebles y sobrecargadas “pateras” que cruzan el Mediterráneo y otros mares en busca de vida, libertad y nuevas oportunidades en Europa, enfrentando allí –quienes sobreviven y logran llegar–  el rechazo xenófobo de poblaciones que ven en riesgo el estado de bienestar logrado a costa de muchos años de trabajo y sacrificios. 

Ahora bien, (o ahora mal) lo que va del primer tercio de este siglo no se presenta muy auspicioso. Amén de no haberse producido ningún invento o descubrimiento que impacte los cimientos de la sociedad o la cultura universal, todo parece apuntar a un retroceso histórico cuyas consecuencias son aún impredecibles. En los Estados Unidos acaba de asumir la presidencia ese personaje atrabiliario llamado Donald Trump; en Rusia, por su parte, el señor Vladimir Putin, envuelto en su añoranza del imperio soviético juega a retomar la guerra fría, todo esto con la ayuda indirecta de esa otra oscura figura de Norkorea, Kim Jong-un, quien a costa del hambre de su pueblo invierte en misiles balísticos y en el desarrollo de un arsenal nuclear. Todo un elenco para pensar: Trump, Putin y Kim Jong-un.

En segunda fila complementan este cuadro figuras como Bashar Al-Assat en Siria, Robert Mugabe en Zimbawe, Recep Tayyip Erdogan en Turquía y organizaciones como Boko Haram y el Estado Islámico ISIS en el norte de África y ahora con presencia en Europa y EE.UU.  En América Latina el pronóstico no esa más esperanzador: con ejemplares como Daniel Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela. De este último sabemos mucho y no es difícil asociarlo al cambalache moral, ético y político que invade a este país. 

Cambalache a la venezolana 

Probablemente sea Venezuela la prueba más palmaria del vertiginoso retroceso que experimenta el planeta en lo que va de siglo. No parece haber área o rubro donde el país no haya sufrido un progresivo descenso cuya resultante es, hoy por hoy, un marcado deterioro en la calidad de vida del venezolano promedio que ha visto mermar además de su poder adquisitivo, su acceso a los servicios más elementales, mientras que la vida cotidiana se convierte en un episodio de terror y suspenso como consecuencia de una inseguridad cuya cifra reportó al final de 2016 más de 28.500 víctimas mortales de una violencia criminal que se enseñorea, impune, en todos los espacios, todos los días y a toda hora.

De esta dramática situación dan cuenta los diversos medios internacionales acreditados en el país y los muy pocos medios de comunicación independientes que van quedando en este territorio, alejado cada vez más de la convivencia civilizada y de las más elementales prácticas democráticas 

Aquí, en Venezuela, como refiere el tango, “es lo mismo ser derecho que traidor” aunque éstos últimos han sido legitimados con el eufemístico mote de “patriota cooperante” y hemos vuelto al status de que “todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor” como saldo del acoso implacable que el gobierno nacional ha impuesto a las universidades autónomas, sometiéndolas a una suerte de estado de sitio presupuestario que ha comprometido severamente su funcionamiento. “No hay aplazados ni escalafón, los inmorales nos han igualado” señala cuasiprofética una estrofa de Cambalache.

No es el caso discurrir sobre lo que es claramente evidente: la crisis institucional de la república palidece ante las cada vez más frecuentes escenas de familias enteras hurgando en la basura en busca de restos de alimento, mientras otras esperan y desesperan en las morgues abarrotadas por la entrega del cadáver de su familiar asesinado por quien no pagará por su delito. Un poco más abajo, o más arriba, cientos de hombres, mujeres, niños y ancianos hacen largas filas, aterrados y ansiosos, en espera del alimento que no llega o de la medicina o el artículo cualquiera en una nación donde escasea de todo, incluyendo vergüenza y dignidad.

Fusiles y uniformes al servicio de la represión y la demolición ética del país
Esto es lo realmente grave. Sometido a la cotidiana humillación de las colas para todo, surge un nuevo segmento social, el de los revendedores, llamados aquí “bachaqueros” en general activistas políticos que integran el último eslabón de una cascada corrupta que encabezan generales a quienes como un botín se les asignó, uno por uno, la distribución de los rubros alimenticios esenciales que, merced a estas redes, llegan a la gente con precios abultados y en cantidades deficitarias. 

Aceite, arroz, azúcar, café, detergentes, harina de maíz, pasta, pañales desechables y hasta papel higiénico forman parte del abecedario de la escasez cotidiana que sufre el venezolano, mientras el discurso del poder se regodea en cadena nacional de radio y TV en el anuncio de unos beneficios y conquistas sociales que sólo llegan a reducidas cúpulas y que para la gran mayoría constituyen una fábula indignante que invita al descontento y la protesta.

Pero esto no es todo. “Da lo mismo el que “labura” (trabaja), día a día como un buey, que el que vive de las minas, que el que roba, que el que mata o está fuera de la ley”. Pareciera que Santos Discépolo viviera en la Venezuela de hoy donde “lo mismo es un señor, lo mismo es un ladrón”, todo ello ante la cantidad y la cuantía de sujetos que, luego de reunir expedientes penales y administrativos, hoy ostentan cargos relevantes y fungen como líderes sociales y modeladores de la conducta de los ciudadanos. 

En este cambalache ético y moral nos han mezclado a Bolívar con Boves y Zamora, a Jesucristo con Fidel Castro, a los paleros con el Papa, al Che Guevara con José Gregorio Hernández y pare usted de contar, en un inducido sincretismo ideológico-religioso que persigue desmantelar las bases culturales, políticas y éticas de un pueblo al que se ha querido dominar por todos los medios: el engaño, la represión y ahora el hambre y más represión.

En línea con lo expuesto en Cambalache, se ha querido transmutar los términos, modificar el lenguaje para justificar las acciones más viles y canallescas: se crean “zonas de paz” donde gobierna la delincuencia; se arma a grupos paramilitares y parapoliciales en nombre de la paz y el orden y se establece toda una estructura clientelar para administrar una suerte de apartheit que privilegia, por sobre la condición de ciudadano, la lealtad partidista, la sumisión a las cúpulas en el poder y la obediencia ciega a las nuevas reglas impuestas en orden a la racionalidad de la llamada quinta república.

Con estupor e incredulidad, el mundo se asoma por las escasas rendijas que aún quedan para mostrar la realidad de esta otrora nación rica y democrática, a pesar de sus lunares, Pero si ello no fuera suficiente, los pueblos de los cinco continentes reciben a cada vez más venezolanos, la mayoría de alta calificación profesional o técnica, que como los sirios o iraquíes, huyen de su patria para salvar la vida, sus bienes o buscar alguna oportunidad de futuro para sus hijos.

Venezuela se ha descapitalizado integralmente: su economía está colapsada y su talento humano se dispersa por todos los rincones del orbe mientras, puertas adentro, las mafias del narcotráfico se disputan el poder moviendo sus fichas en el desvencijado tablero de la política interna, a la vez que negocian con las multinacionales que dicen adversar las concesiones de oro, diamante y otros metales y recursos estratégicos. El país es un botín y un centro de operaciones de los cárteles de la droga con casi 30 millones de rehenes adentro. 
Las sentencias de la Sala Constitucional del TSJ en 2016 constituyen la antología
del socavamiento moral mediante el empleo del derecho como instrumento político

En medio de este pandemonium se nos quiere contar otra historia. Los asesores foráneos del régimen, bien pagados con los petrodólares de la nación, promueven el empleo de una neolengua que apunta a la demolición de los valores y principios que hasta el presente han constituido nuestro gentilicio. Ahora son patriotas quienes patrocinan la presencia cubana, china, rusa, etc. Hasta en el seno de las empresas estratégicas y en las Fuerzas Armadas.

En el plano doméstico, los ciudadanos se ven impelidos a cometer delitos “porque no hay razones para no hacerlo” o como reza el tango: “a nadie importa si naciste honrado”. El clima de agresividad se percibe en las relaciones más elementales: el transporte, los automercados, las aceras, al punto que pareciera que todos somos enemigos de todos. Las más elementales normas de cortesía y urbanidad se obvian y la consigna parece ser “sálvese quien pueda”. 

Así está la Venezuela de hoy: “igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches”. A los aún sobrevivientes de este desmadre en curso nos toca una nada sencilla tarea: resistir, constituirnos en una reserva moral y ética que pueda ser referencia viva para quienes asuman, más pronto que tarde, la reconstrucción política, física y espiritual de esta tierra devenida en “Tierra de Desgracia”. Sin claudicar, sin cansarse ni desmoralizarse, sin arriar banderas, a pesar de las caídas, los errores y los retrocesos, sin cambiar nuestros valores por espejitos en forma de carnets o tarjetas plásticas, con paciencia y con prudencia; y sobre todo, con fe, con fe en Dios y en nosotros, en la razón que nos asiste y en el deber histórico que tenemos de legar un país libre y en trance de recuperación. 


No es la hora de los héroes ni se requieren superpoderes, basta con ejercer nuestra ciudadanía con decencia y compromiso y con participar, superando la apatía y el desánimo en las pequeñas tareas que la liberación del país demanda. Así, grano a grano, paso a paso, con constancia y sin desmayar, desmontaremos el cambalache en el que nos han mezclado. No será fácil, pero sólo de nosotros depende.