Luis M. García. P.
Cambalache. Retrato musical de una época que aún persiste,
en versión de Joan Manuel Serrat
“Que el mundo fué y será una porquería, ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también...” Así inicia el compositor argentino Enrique Santos Discépolo su clásico tango Cambalache, inmortalizado por figuras como Carlos Gardel y más recientemente por el poeta catalán Joan Manuel Serrat, entre otros. El texto de esa pieza musical es una disección, un diagnóstico crudo y realista, no sólo de la sociedad de cualquier época, sino de la propia condición humana.
En esta radiografía de su tiempo, el autor sostiene: “Pero que el Siglo XX es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue”, y repasando ese sintético análisis sociológico en verso arribamos a la conclusión de que poco hemos cambiado ese panorama en los años que corren del presente Siglo XXI.
Ciertamente el Siglo XX fue una centuria traumática y convulsa, la evidencia reunió en su catálogo dos guerras mundiales, la Guerra de Korea, la de Vietnam, y la Guerra Fría, atípica modalidad de conflicto entre superpotencias que, una que otra vez, mantuvo en vilo la supervivencia de la especie humana ante la potencial amenaza –aún no conjurada– de una conflagración nuclear.
En compensación, sin embargo, el pasado siglo deparó al género humano más avances y mejoras al nivel de vida que los 19 siglos precedentes de la historia contemporánea y, por supuesto, que los previos a la era cristiana. Para muestra bastará una apretada síntesis de esa herencia de novedades y progreso:
Fué el Siglo XX el escenario de inventos como la televisión, la internet, el desarrollo de la aeronáutica y las telecomunicaciones, la llegada del hombre a la luna, los transplantes de corazón y otros órganos, el empleo de la penicilina y otros antibióticos, la píldora anticonceptiva, la ingeniería genética, y tantos etcéteras que hoy integran el entorno de confort que caracteriza al estilo de vida del hombre de este tiempo, reivindican, en buena medida, a ese siglo XX tan vituperado por algunos.
Ahora bien, este desarrollo espectacular de la ciencia y la técnica, evidenciado en el crecimiento de los diversos medios de comunicación social, ha puesto de manifiesto, igualmente, el estancamiento y en algunos casos el retroceso del componente espiritual, moral y ético que conforma esa parte intangible pero relevante de la persona humana y de las sociedades en su conjunto. ¿Somos acaso mejores seres humanos que nuestros abuelos?, ¿hemos avanzado o involucionado en el plano ético? Hay que buscar una respuesta.
También en ese plano debemos admitir algunos importantes avances: Ya el género humano no justifica prácticas como la esclavitud y ningún estado la legitima como en el pasado. Desde 1948 las Naciones Unidas adoptaron como propio el reconocimiento de los 30 derechos humanos fundamentales que incluyen, entre otros, el derecho a la vida, a la libertad, a la identidad, salud, educación, libertad de expresión y religión, tránsito y otros, declarando la progresividad del goce de estos derechos.
Asimismo, cada vez más naciones proscriben en su legislación normas como la pena de muerte, las torturas y penas infamantes, los tratos crueles y degradantes, la desaparición forzosa de personas, etc. e imponen sanciones a quienes incurren en tales desviaciones, aunque no siempre la norma y la voluntad política coincidan con la vigencia real de tales propósitos: pero se avanza.
También las sociedades se han hecho más tolerantes y abiertas en el ámbito cultural y religioso, aún confrontando al fundamentalismo de algunos credos que pugna por imponer sus esquemas ideológicos y dogmáticos al resto del mundo. Satisface advertir que a pesar de los prejuicios raciales persistentes, se hayan producidos hechos significativos como el ascenso al poder de Nelson Mandela y su partido en Sudáfrica y la recién concluída presidencia durante 8 años del afroamericano Barack Obama, nada menos que en los Estados Unidos, la cuna del Ku Klux Klan.
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| Los oscuros días de la segregación racial, contrastados con la presidencia de Barack Obama ¿volverán con Trump? |
Otras áreas en las cuales se perciben logros incluyen la cada vez más amplia participación de las mujeres en la gestión pública y privada, demostrando su capacidad para cumplir tareas tan bien o tan mal como los hombres: Ángela Merkel en Alemania y Michelle Bachelet en Chile son apenas dos ejemplos actuales de esta creciente presencia femenina en el poder.
La legislación sobre derechos de los niños y la apertura a la diversidad sexual, entre otros aspectos, dibujan un panorama que pudiera interpretarse como optimista de cara al tránsito por los días del corriente Siglo XXI.
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| Migraciones suicidas, ante el horror de la guerra y el hambre, invaden Europa |
No obstante, también ya entrada la segunda década del siglo, el mundo advierte con estupefacción la tragedia cotidiana que viven cientos de miles de refugiados que, huyendo de la guerra y del hambre, exponen sus vidas a bordo de pequeñas, endebles y sobrecargadas “pateras” que cruzan el Mediterráneo y otros mares en busca de vida, libertad y nuevas oportunidades en Europa, enfrentando allí –quienes sobreviven y logran llegar– el rechazo xenófobo de poblaciones que ven en riesgo el estado de bienestar logrado a costa de muchos años de trabajo y sacrificios.
Ahora bien, (o ahora mal) lo que va del primer tercio de este siglo no se presenta muy auspicioso. Amén de no haberse producido ningún invento o descubrimiento que impacte los cimientos de la sociedad o la cultura universal, todo parece apuntar a un retroceso histórico cuyas consecuencias son aún impredecibles. En los Estados Unidos acaba de asumir la presidencia ese personaje atrabiliario llamado Donald Trump; en Rusia, por su parte, el señor Vladimir Putin, envuelto en su añoranza del imperio soviético juega a retomar la guerra fría, todo esto con la ayuda indirecta de esa otra oscura figura de Norkorea, Kim Jong-un, quien a costa del hambre de su pueblo invierte en misiles balísticos y en el desarrollo de un arsenal nuclear. Todo un elenco para pensar: Trump, Putin y Kim Jong-un.
En segunda fila complementan este cuadro figuras como Bashar Al-Assat en Siria, Robert Mugabe en Zimbawe, Recep Tayyip Erdogan en Turquía y organizaciones como Boko Haram y el Estado Islámico ISIS en el norte de África y ahora con presencia en Europa y EE.UU. En América Latina el pronóstico no esa más esperanzador: con ejemplares como Daniel Ortega en Nicaragua y Nicolás Maduro en Venezuela. De este último sabemos mucho y no es difícil asociarlo al cambalache moral, ético y político que invade a este país.
Cambalache a la venezolana
Probablemente sea Venezuela la prueba más palmaria del vertiginoso retroceso que experimenta el planeta en lo que va de siglo. No parece haber área o rubro donde el país no haya sufrido un progresivo descenso cuya resultante es, hoy por hoy, un marcado deterioro en la calidad de vida del venezolano promedio que ha visto mermar además de su poder adquisitivo, su acceso a los servicios más elementales, mientras que la vida cotidiana se convierte en un episodio de terror y suspenso como consecuencia de una inseguridad cuya cifra reportó al final de 2016 más de 28.500 víctimas mortales de una violencia criminal que se enseñorea, impune, en todos los espacios, todos los días y a toda hora.
De esta dramática situación dan cuenta los diversos medios internacionales acreditados en el país y los muy pocos medios de comunicación independientes que van quedando en este territorio, alejado cada vez más de la convivencia civilizada y de las más elementales prácticas democráticas
Aquí, en Venezuela, como refiere el tango, “es lo mismo ser derecho que traidor” aunque éstos últimos han sido legitimados con el eufemístico mote de “patriota cooperante” y hemos vuelto al status de que “todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor” como saldo del acoso implacable que el gobierno nacional ha impuesto a las universidades autónomas, sometiéndolas a una suerte de estado de sitio presupuestario que ha comprometido severamente su funcionamiento. “No hay aplazados ni escalafón, los inmorales nos han igualado” señala cuasiprofética una estrofa de Cambalache.
No es el caso discurrir sobre lo que es claramente evidente: la crisis institucional de la república palidece ante las cada vez más frecuentes escenas de familias enteras hurgando en la basura en busca de restos de alimento, mientras otras esperan y desesperan en las morgues abarrotadas por la entrega del cadáver de su familiar asesinado por quien no pagará por su delito. Un poco más abajo, o más arriba, cientos de hombres, mujeres, niños y ancianos hacen largas filas, aterrados y ansiosos, en espera del alimento que no llega o de la medicina o el artículo cualquiera en una nación donde escasea de todo, incluyendo vergüenza y dignidad.
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| Fusiles y uniformes al servicio de la represión y la demolición ética del país |
Esto es lo realmente grave. Sometido a la cotidiana humillación de las colas para todo, surge un nuevo segmento social, el de los revendedores, llamados aquí “bachaqueros” en general activistas políticos que integran el último eslabón de una cascada corrupta que encabezan generales a quienes como un botín se les asignó, uno por uno, la distribución de los rubros alimenticios esenciales que, merced a estas redes, llegan a la gente con precios abultados y en cantidades deficitarias.
Aceite, arroz, azúcar, café, detergentes, harina de maíz, pasta, pañales desechables y hasta papel higiénico forman parte del abecedario de la escasez cotidiana que sufre el venezolano, mientras el discurso del poder se regodea en cadena nacional de radio y TV en el anuncio de unos beneficios y conquistas sociales que sólo llegan a reducidas cúpulas y que para la gran mayoría constituyen una fábula indignante que invita al descontento y la protesta.
Pero esto no es todo. “Da lo mismo el que “labura” (trabaja), día a día como un buey, que el que vive de las minas, que el que roba, que el que mata o está fuera de la ley”. Pareciera que Santos Discépolo viviera en la Venezuela de hoy donde “lo mismo es un señor, lo mismo es un ladrón”, todo ello ante la cantidad y la cuantía de sujetos que, luego de reunir expedientes penales y administrativos, hoy ostentan cargos relevantes y fungen como líderes sociales y modeladores de la conducta de los ciudadanos.
En este cambalache ético y moral nos han mezclado a Bolívar con Boves y Zamora, a Jesucristo con Fidel Castro, a los paleros con el Papa, al Che Guevara con José Gregorio Hernández y pare usted de contar, en un inducido sincretismo ideológico-religioso que persigue desmantelar las bases culturales, políticas y éticas de un pueblo al que se ha querido dominar por todos los medios: el engaño, la represión y ahora el hambre y más represión.
En línea con lo expuesto en Cambalache, se ha querido transmutar los términos, modificar el lenguaje para justificar las acciones más viles y canallescas: se crean “zonas de paz” donde gobierna la delincuencia; se arma a grupos paramilitares y parapoliciales en nombre de la paz y el orden y se establece toda una estructura clientelar para administrar una suerte de apartheit que privilegia, por sobre la condición de ciudadano, la lealtad partidista, la sumisión a las cúpulas en el poder y la obediencia ciega a las nuevas reglas impuestas en orden a la racionalidad de la llamada quinta república.
Con estupor e incredulidad, el mundo se asoma por las escasas rendijas que aún quedan para mostrar la realidad de esta otrora nación rica y democrática, a pesar de sus lunares, Pero si ello no fuera suficiente, los pueblos de los cinco continentes reciben a cada vez más venezolanos, la mayoría de alta calificación profesional o técnica, que como los sirios o iraquíes, huyen de su patria para salvar la vida, sus bienes o buscar alguna oportunidad de futuro para sus hijos.
Venezuela se ha descapitalizado integralmente: su economía está colapsada y su talento humano se dispersa por todos los rincones del orbe mientras, puertas adentro, las mafias del narcotráfico se disputan el poder moviendo sus fichas en el desvencijado tablero de la política interna, a la vez que negocian con las multinacionales que dicen adversar las concesiones de oro, diamante y otros metales y recursos estratégicos. El país es un botín y un centro de operaciones de los cárteles de la droga con casi 30 millones de rehenes adentro.
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| Las sentencias de la Sala Constitucional del TSJ en 2016 constituyen la antología del socavamiento moral mediante el empleo del derecho como instrumento político |
En medio de este pandemonium se nos quiere contar otra historia. Los asesores foráneos del régimen, bien pagados con los petrodólares de la nación, promueven el empleo de una neolengua que apunta a la demolición de los valores y principios que hasta el presente han constituido nuestro gentilicio. Ahora son patriotas quienes patrocinan la presencia cubana, china, rusa, etc. Hasta en el seno de las empresas estratégicas y en las Fuerzas Armadas.
En el plano doméstico, los ciudadanos se ven impelidos a cometer delitos “porque no hay razones para no hacerlo” o como reza el tango: “a nadie importa si naciste honrado”. El clima de agresividad se percibe en las relaciones más elementales: el transporte, los automercados, las aceras, al punto que pareciera que todos somos enemigos de todos. Las más elementales normas de cortesía y urbanidad se obvian y la consigna parece ser “sálvese quien pueda”.
Así está la Venezuela de hoy: “igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches”. A los aún sobrevivientes de este desmadre en curso nos toca una nada sencilla tarea: resistir, constituirnos en una reserva moral y ética que pueda ser referencia viva para quienes asuman, más pronto que tarde, la reconstrucción política, física y espiritual de esta tierra devenida en “Tierra de Desgracia”. Sin claudicar, sin cansarse ni desmoralizarse, sin arriar banderas, a pesar de las caídas, los errores y los retrocesos, sin cambiar nuestros valores por espejitos en forma de carnets o tarjetas plásticas, con paciencia y con prudencia; y sobre todo, con fe, con fe en Dios y en nosotros, en la razón que nos asiste y en el deber histórico que tenemos de legar un país libre y en trance de recuperación.
No es la hora de los héroes ni se requieren superpoderes, basta con ejercer nuestra ciudadanía con decencia y compromiso y con participar, superando la apatía y el desánimo en las pequeñas tareas que la liberación del país demanda. Así, grano a grano, paso a paso, con constancia y sin desmayar, desmontaremos el cambalache en el que nos han mezclado. No será fácil, pero sólo de nosotros depende.



