Luis M. García P.
![]() |
| BCV, cuartel general de la guerra económica |
El gobierno tiene razón. En Venezuela se desarrolla una guerra económica; una confrontación fratricida, sin pausa, sin límite de tiempo, puestas de espalda ni descalificación, como solían decir los narradores de los otrora célebres espectáculos de lucha libre en nuestro país.
Esta conflagración, ya no es de baja intensidad, ni una guerra fría, ni secreta ni encubierta; es un enfrentamiento evidente, frontal y despiadado que tiene como escenario a un país rico en recursos naturales y humanos pero que, de manera sorprendente e incomprensible ha transitado de la abundancia opulenta a la miseria propia de las economías de guerra, donde la víctima es todo un pueblo que cae a diario, desarmado, ante los embates de las mortíferas armas de la inseguridad desatada, del marcado desabastecimiento de medicinas y del hambre, hambre con todas sus letras y sin atenuantes que cotidianamente reúne a cada vez más gente frente a las bolsas de basura de los abastos y restaurantes en procura de alguna sobra comestible para atemperar el ayuno obligatorio que se hace dramática costumbre.
Esta guerra no es de ahora; su planificación e inicio data ya de década y media cuando a alguien se le ocurrió justificar el robo por hambre a la vez que afirmaba que “ser rico es malo” mientras él y sus acólitos llenaban sus alforjas con los proventos en divisas de una renta petrolera que, hasta entonces, mantenía un nivel de vida medianamente digno a pesar de la pobreza existente y las inocultables diferencias sociales.
En aquel tiempo comenzó a instrumentarse la ofensiva tendiente al logro de objetivos concretos: el control político y económico de la sociedad, hasta entonces plural; la restricción de la propiedad privada y la disminución de las libertades individuales. A todo esto y algo más lo llamaron la “construcción del socialismo”; un socialismo que se ofrecía del Siglo XXI pero cuya experiencia vivida hoy por hoy nos remite a situaciones del siglo XIX que creíamos superadas.
Un episodio estelar de esta guerra económica lo protagonizó la entonces vicepresidenta Adina Bastidas, cuando presentó al país el primer paquete de 49 leyes restrictivas de la actividad productiva con el argumento de atacar el latifundio. Como era de esperarse, esto concitó la reacción de los sectores afectados que iniciaron una histórica resistencia ante lo que pocos imaginaban que vendría.
La historia del “millardito” marca un hito en el quebrantamiento de la autonomía del Banco Central, pues a partir de allí, el ente emisor se ha ido transformando en una caja negra que perdió la confianza del sistema financiero criollo y de los entes crediticios internacionales. Luego, la venta subrepticia de nuestro oro monetario y la emisión sin controles de dinero inorgánico han sido pivotes sobre los cuales la hiperinflación ha afianzado su crecimiento.
Capítulo aparte ha sido la aplicación del control de cambio, que en algún momento fijó hasta cuatro precios distintos de la divisa norteamericana, otorgando ventajas a quienes, cercanos al gobierno, dispusieron y disponen aún de información privilegiada y acceso a los dólares preferenciales que luego se negocian en el mercado paralelo. Si esto no es un ataque al valor del bolívar, habrá que buscar un término para calificarlo.
La propuesta de reforma constitucional, derrotada por el pueblo en el referendum de 2007 fue, de hecho, la formal declaración de guerra del gobierno contra los sectores productivos y contra los ciudadanos, quienes paulatinamente advertimos el deterioro de nuestra capacidad adquisitiva aún a pesar del cambio del cono monetario que introdujo el llamado cínicamente “bolívar fuerte” equiparado a finales de 2016 al peso colombiano, pero más débil y con menos respaldo y confianza que éste.
Ahora, desmoronada como está la moneda nacional, el Banco Central de Venezuela anuncia la incorporación de un nuevo cono monetario que transforma en modesta moneda los billetes de 50 y 100 bolívares y añade a esta “ampliación” los nuevos billetes de 500, 1000, 2000, 5000 y 20.000 Bs. No se admite el fracaso del “bolívar fuerte” pero, “quien tenga ojos que vea”.
Desde luego, desconociendo la voluntad mayoritaria de los electores, el gobierno mantuvo su proyecto de transición al socialismo en medio del mar de dólares que proveía la renta petrolera y que llegó a situarse en más de 100 dólares por barril. Entonces, la expresión más recurrente y temida era: “exprópiese”. Así, fundos productivos cayeron bajo la rapiña de grupos resentidos y ambiciosos... y dejaron de producir.
A la voz de mando del comandante fueron intervenidas multitud de empresas en todos los rubros: alimentos, bancos, telecomunicaciones, hoteles, transporte aéreo, terrestre y marítimo, papel, metalmecánica, entre otras muchas cayeron engullidas por la arbitraria voracidad de un Estado que, ya para entonces, resultaba incapaz de proveer con mediana eficacia, los mínimos servicios que justifican su existencia: seguridad personal y jurídica, salud, educación y abastecimiento. Para justificar estas deficiencias se requería un culpable y rápidamente el sector político gobernante encontró en el sector privado de la economía el chivo expiatorio mientras la creciente improductividad endógena condujo al gobierno a atarse a cuantiosas importaciones para las cuales las divisas del petróleo comenzaron a ser insuficientes.
Productos que Venezuela exportaba, como el café y el arroz, entre otros, faltaron en la mesa del ciudadano común y hubo que traerlos de afuera a la par de la disminución productiva de la agroindustria y la agricultura nacionales. Mientras los empresarios criollos iban a la quiebra, el gobierno destinaba ingentes cantidades de divisas para promover puestos de trabajo en el exterior.
Un puntillazo recibió la industria de la construcción cuando el Ejecutivo Nacional dispuso la llamada Misión Vivienda, para cuyo desarrollo contrató a empresas chinas, turcas, bielorusas, etc, las cuales, en no pocos casos, trajeron hasta sus obreros de esas remotas regiones a la vez que acá crecía el desempleo atenuado sólo por las dádivas proselitistas que abultaron la carga burocrática pública y contribuyeron al gasto improductivo en la nación.
Como la historia nos muestra y debiéramos haber aprendido, los ciclos de altos precios del petróleo tienen sus declives, y esa etapa llegó. Del crudo a más de cien hemos llegado a niveles de 30 y 40 dólares por barril, renta que resulta deficitaria para cubrir los compromisos de deuda del país y atender a la vez las masivas importaciones que aseguren la presencia de los productos básicos en las tiendas. Las alarmas se activaron, pero los decisores no parecen haberlas escuchado, empeñados sólo en mantenerse en el poder, a cualquier costo.
![]() |
| Gente comiendo de la basura (Cortesía 2001) |
En el frente interno, la necesidad de crear una ilusión de bienestar impulsa al gobierno a emitir muchos billetes y a anunciar sucesivos incrementos salariales que aceleran el carro de la inflación mientras que la crisis humanitaria adquiere ribetes de colapso. A un tiempo los alimentos desaparecen de los anaqueles o traen precios incomprables, la situación de las medicinas se agrava al punto que la programación de los medios audiovisuales y las redes sociales se colma de servicios públicos clamando por medicamentos para la gente que a diario se muere sin que esta tragedia ya por cotidiana se constituya en noticia.
El hambre, la inseguridad, la hiperinflación galopante, las epidemias como la difteria y en general el colapso de la salud son las armas que en esta guerra económica diezman a nuestra población en tanto que los más aptos, los jóvenes y los talentos nacionales buscan nuevos caminos y los aeropuertos, en consonancia con todo lo demás, también colapsan con las oleadas de venezolanos que emigran, como en la guerra de Irak o de Siria, para escapar de esta guerra económica desatada contra un pueblo inocente cuya única culpa fue, tal vez, creer en las ofertas engañosas de un charlatán y darle su confianza para años después hacerse objetivo de una guerra declarada cuyo armisticio se negocia sin éxito mientras que los sobrevivientes somos cada vez menos y las esperanzas, la resistencia y la vocación democrática son el único escudo que nos queda... por ahora.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario