Luis M. García P.
Cuando a mediados del Siglo XX Ian Fleming creó su legendario personaje: James Bond, el agente secreto 007, superespía al servicio de su majestad británica, probablemente no sospechó el impacto y la vigencia que tendría la expresión que caracteriza al 007: “con licencia para matar”.
Esta consigna, sembrada en la literatura de espionaje y en el cine, se ha trasladado como reguero de pólvora por los cuatro puntos cardinales del mundo y, desgraciadamente, Venezuela no ha quedado exenta de esta práctica que, bajo la aparente indiferencia del Estado, si no complicidad, se ha posesionado en la práctica de quienes por el contrario, tienen el imperativo de cuidar la vida y los bienes de los ciudadanos: los organismos de seguridad pública.
La historia reciente da cuenta de no pocas ejecuciones atribuidas a funcionarios policiales y militares en nuestro país. Organizaciones no gubernamentales de Derechos Humanos, tanto nacionales como internacionales, registran con alarma cómo se vienen sucediendo atropellos de toda índole a ciudadanos, con o sin prontuario delictivo, amén de las cuantiosas muertes atribuidas a “enfrentamientos” o la llamada “resistencia a la autoridad”, término cuya definición es tan elástica que puede asociarse a un desacato a la voz de alto (por no haberla escuchado, por ejemplo) lo cual puede y le ha costado la vida a honestos ciudadanos que, despreocupadamente, se dirigían a sus hogares o centros de trabajo.
Nuestra memoria, frágil ante la enorme sucesión de eventos de este tipo, apenas recuerda ahora el homicidio de los hermanos Fadull y su chofer, a manos de agentes policiales. También recordamos el múltiple crimen de los jóvenes estudiantes de la Universidad “Santa María” ocurrido en Las Adjuntas.
Alcanzamos a memorizar los alevosos homicidios de los soldados en Fuerte Mara, en el Zulia y el ajusticiamiento de jóvenes en un hotel de Barquisimeto, perpetrado presuntamente por agentes del CICPC, todo ello sazonado, macabramente, por los frecuentes crímenes que se suceden en los penales venezolanos y que, las más de las veces, concluyen sin establecer responsables.
Por supuesto, los casos de denuncias de participación de agentes policiales, uniformados o no, en homicidios, ocupan una extensa lista que aquí no podemos describir. Sólo nos limitamos a reseñar, por ejemplo a una familia del Estado Aragua, la cual ha perdido a siete de sus miembros asesinados, según su denuncia, por agentes de la policía regional.
Conmueve aún la memoria de la tragedia no aclarada a la opinión pública hasta ahora en la cual tres jóvenes fueron detenidos en la División de Capturas del CICPC de El Rosal y fallecieron, según el parte policial “por sofocación”, mayor cinismo imposible. Este horrendo episodio nos hace recordar el tema de Rubén Blades: “Camilo Manrique” que alude a la muerte “natural” de un esclavo cimarrón: “claro, después de una tunda de palo que se muera es normal”, dice el tema.
En el caso de los tres jóvenes de El Rosal, se evidenciaron claramente signos de tortura y la razón del deceso expuesta: edema cerebral, no exculpa en modo alguno a los funcionarios, ya que no es difícil suponer que si alguien recibe golpes en el cráneo, y además es ahogado colocándole bolsas plásticas con insecticida sobre su rostro (como lo denunciaron familiares de los jóvenes), pueda entonces producirse un cuadro que conduzca al deceso de los detenidos.
Otro aspecto a considerar es el intento de minimizar las torturas y trato degradante al señalar que “los golpes recibidos no ocasionaron las muertes” ¿Y entonces la policía nos puede torturar en tanto no se les vaya la mano y nos mate?
Alguien dirá que estas cosas han ocurrido siempre, y algo de razón tiene, pero la cantidad y la cuantía con la que suceden en estos días es por decir lo menos impresionante. Y lo más preocupante es que no se advierte ninguna medida ni anuncio serio que intente ponerle coto a este baño de sangre tolerado por el Estado.
Durante los últimos meses el gobierno nacional, por vía del Ministerio de Relaciones Interiores y por la acción combinada de las policías y los componentes militares ha desarrollado las llamadas Operaciones de Liberación y Protección del Pueblo, OLP, las cuales vienen arrojando, en cada incursión una estela de ajusticiados y numerosos detenidos que, las más de las veces ni siquiera tienen antecedentes policiales, sin que hasta ahora estas acciones puedan dar cuenta de una verdadera reducción del delito y la criminalidad en los sectores donde se activa.
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| Despliegue de la OLP en un barrio de Caracas (Foto: Diario El Nacional) |
Estos operativos, cuyos antecedentes más inmediatos datan del llamado “Plan Unión”, instrumentado en gobiernos anteriores, como entonces han estado caracterizados por los abusos policiales y han generado las denuncias de las ONG de Derechos Humanos y de los familiares de las numerosas víctimas que caen, muchas de ellas por los frecuentes errores y excesos de los cuerpos armados.
Con el paso del tiempo, cada crimen, cada tortura, cada abuso de autoridad, desaparecen de la memoria colectiva mientras que los pocos expedientes instruídos a los funcionarios responsables de esos delitos, se archivan o se esfuman en medio de la vorágine de episodios en los cuales la violencia criminal, tanto del hampa desatada, como la de un Estado sin controles, sigue sumando víctimas inocentes en medio de una impunidad más dolosa aún.
¿Por qué tanta tolerancia?, ¿por qué el Ejecutivo Nacional, en lugar de destinar tantos recursos para armar a unos componentes militares que no tienen una guerra a la vista no fortalecen a las policías regionales a las cuales ha desarmado, a la vez que ha desprofesionalizado a cuerpos como el CICPC? Y otra interrogante: ¿por qué se ha armado indiscriminadamente a grupos de civiles si la administración de la violencia legítima sólo corresponde a los órganos del Estado?
En este contexto, todos los anuncios referidos a la adopción de una política de desarme se estrellan contra una realidad que reporta semanalmente cientos de homicidios en todo el país mientras que los más altos funcionarios del gobierno, políticamente responsables de la situación, se limitan a buscar excusas, a tender cortinas de humo para desviar la atención y a producir acuerdos que no contribuyen en nada a disminuir los pavorosos niveles de inseguridad que afectan al ciudadano común, a usted y a mí, que no tenemos escoltas ni nos desplazamos en caravanas con “moscas” y autos blindados. Por supuesto, para estos superprotegidos no hay inseguridad y por ello no les importa el resto del país.
Cada inicio de semana, los medios de comunicación independientes que van quedando, superando los cada vez mayores escollos a su trabajo informativo, dan cuenta del parte de guerra que, en tiempo de “paz” sufre Venezuela, con más de cien seres humanos fallecidos a consecuencia de la violencia homicida que diezma a hombres, mujeres y niños en barrios y urbanizaciones, de día y de noche, haciendo de esta nación un campo minado en el cual a la vuelta de una esquina, en el transporte público o hasta en el propio domicilio, acecha la delincuencia dispuesta a matarte por un celular, unos zapatos de marca, una suma de dinero, o, simplemente por no tener nada de eso.
Y ahora… ¿quién podrá defendernos?, ¿el CICPC, la PNB, la Guardia Nacional?… Hoy por hoy estos cuerpos, con licencia para matar, generan más temor que respeto y episodios como los ya conocidos lo explican. Alguno dirá que hay que encomendarse a Dios y a los santos para que éstos nos cuiden, pero ni siquiera quieren darnos ese chance. En previsión de esto, también a los santos, o al menos a sus íconos, los balacean, los mutilan, los decapitan, y en síntesis, los profanan. Por supuesto, tales actos cobardes y vandálicos no harán mella en la fe de la gente, pero resulta sospechoso que se pretenda distraer al país con estos sacrilegios para tratar de encubrir una realidad que día a día, hora a hora, amenaza a los venezolanos de este tiempo mientras que, quienes tienen la responsabilidad y la obligación de protegernos se rumbean el país creyendo que es de ellos y mostrando el mayor desprecio por el humanismo y por la gente a la que dicen representar.






